DEJA QUE LA PASIÓN TE LLEVE

 

PROYECTO DE ACCIÓN ARTÍSTICA EN EL ESPACIO PÚBLICO

Con la colaboración de Julio César Aguilar Carrasco

Sevilla, 2015

En las sociedades de consumo observamos de qué manera las identidades individuales han tendido hacia un nuevo tipo de serialismo. Los ciudadanos, pueblos y naciones enteras consumen las mismas modas, música, estilos de vida, pensamiento y todo tipo de productos, subproductos y subproductos de subproductos, que es exactamente en lo que nos convertimos.

Todo se convierte en mercancía, y “lo que no se puede comercializar está destinado a desaparecer” (Bourriaud, 2008:7), hasta las relaciones personales: “lo que era vivido directamente se aparta a ser una representación, un espectáculo”. (Debord, 1967:2) La relación que establece el hombre con el medio y los objetos, se limita al mero acto de consumir. Las multinacionales nos envisten vendiéndonos, junto a sus productos, falsas vías hacia la realización personal en lo que tras su consumo, solo nos queda un vacío mayor, y con el tiempo, la certeza de comportarnos como unas extrañas marionetas que son capaces de mover sus propios hilos. Esto suena irónico, pero una vez dentro del sistema sólo nos queda convertirnos en generadores de la imagen que consumimos, y volver a demandar de nuevo la misma imagen que hemos creado de nosotros mismos, de la que queremos seguir formando parte. El sistema ha desarrollado una fascinante capacidad de fagocitar cualquier forma de expresión divergente y contracultural, siempre y cuando esta empatice con grupos de personas, lo que se traduce en grupo de posibles consumidores.

El carácter fundamentalmente tautológico del espectáculo se deriva del simple hecho de que sus medios son a la vez sus fines. Es el sol que no se pone nunca sobre el imperio de la pasividad moderna. Recubre toda la superficie del mundo y se baña indefinidamente en su propia gloria. La sociedad que reposa sobre la industria moderna no es fortuita o superficialmente espectacular, sino fundamentalmente espectaculista. En el espectáculo, imagen de la economía reinante, el fin no existe, el desarrollo lo es todo. El espectáculo no quiere llegar a nada más que a sí mismo. (Debord, 1967:4)

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